Ataques de pánico: qué hacer en el momento en que ocurren.
- laurasilvestrepsico
- 28 mar
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Hay momentos en los que, sin previo aviso, el cuerpo parece perder el control: el corazón se acelera, falta el aire y la sensación de peligro aparece de forma abrumadora. Muchas personas describen el ataque de pánico como una de las experiencias más angustiantes que han vivido, precisamente por la intensidad con la que se manifiesta y la incertidumbre que genera. Saber cómo actuar en ese instante puede marcar una gran diferencia.
Los ataques de pánico son experiencias intensas que pueden aparecer de forma repentina, generando una sensación abrumadora de miedo o malestar acompañada de síntomas físicos como palpitaciones, dificultad para respirar, mareo o sensación de pérdida de control. En el momento en que ocurren, la vivencia puede resultar tan impactante que muchas personas interpretan que están sufriendo un problema médico grave, lo que incrementa aún más la ansiedad.

Lo primero que conviene tener presente es que, aunque los síntomas son muy desagradables, un ataque de pánico no es peligroso en sí mismo. El organismo está activando una respuesta de alarma exagerada, pero no existe un riesgo real inmediato. Recordar esto, aunque no elimine el malestar, puede ayudar a reducir el miedo secundario que suele intensificar la experiencia.
Durante el episodio, es importante centrar la atención en la respiración. De manera espontánea, muchas personas comienzan a respirar de forma rápida y superficial, lo que contribuye a aumentar la sensación de ahogo o mareo. Intentar regular la respiración, haciéndola más lenta y controlada, puede ayudar a estabilizar el cuerpo. Inspirar por la nariz de forma pausada y espirar lentamente por la boca favorece la disminución de la activación fisiológica.
También resulta útil dirigir la atención hacia el entorno inmediato. Cuando la mente se queda atrapada en las sensaciones internas y en pensamientos catastrofistas, la ansiedad tiende a aumentar. Observar objetos cercanos, describir mentalmente lo que se ve o centrarse en estímulos externos puede ayudar a reducir la intensidad del episodio. Este tipo de anclaje permite salir, aunque sea parcialmente, del círculo de miedo y síntomas.
Otro aspecto relevante es la actitud con la que se afronta el ataque. Intentar luchar contra las sensaciones o forzar su desaparición suele generar más tensión. En cambio, adoptar una postura de aceptación, entendiendo que el episodio tiene un inicio, un pico y un final, puede facilitar que el malestar disminuya de forma natural. El cuerpo no puede mantenerse indefinidamente en un estado de máxima activación, por lo que el ataque terminará pasando.
El diálogo interno juega un papel clave. Frases como “esto es ansiedad, no me va a pasar nada” o “ya he pasado por esto antes y ha terminado” pueden ayudar a reducir la interpretación amenazante de lo que está ocurriendo. No se trata de negar la experiencia, sino de contextualizarla de forma más ajustada.
Si es posible, permanecer en el lugar donde ha comenzado el ataque puede ser beneficioso. Evitar sistemáticamente las situaciones asociadas al malestar puede reforzar el miedo a largo plazo. Sin embargo, si la intensidad es muy elevada, buscar un espacio donde uno se sienta algo más seguro también puede ser una estrategia válida en ese momento.
Tras el episodio, es frecuente sentirse cansado o con cierta preocupación por lo ocurrido. Darse un tiempo para recuperarse y reflexionar sobre la experiencia puede ser útil, especialmente si se hace desde una perspectiva de comprensión y no de juicio. Cuando los ataques se repiten con frecuencia o generan un impacto significativo en la vida diaria, es recomendable acudir a un profesional de la psicología para trabajar sobre las causas y aprender estrategias más específicas de manejo.
En definitiva, aunque los ataques de pánico pueden resultar muy alarmantes, existen herramientas que ayudan a gestionarlos en el momento en que aparecen. Aprender a responder de manera más calmada y ajustada no solo reduce la intensidad del episodio, sino que también contribuye a disminuir el miedo anticipatorio y la probabilidad de que se mantengan en el tiempo.

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